NOTICIA Foto: CÍVICO

192 años de horror y arte: la cárcel que se convirtió en el Museo Nacional

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Uno de los edificios más llamativos y emblemáticos de Bogotá es el del Museo Nacional, o antigua Penitenciaría de Cundinamarca. Sí, era una cárcel y aunque no es algo nuevo para muchos, siguen existiendo personas que desconocen su origen reclusorio.

Como bien lo dice su pendón actual, este edificio lleva 192 años contando historias. De presos, políticos, guerras y ahora de arte y cultura.

Foto: CÍVICO

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La Penitenciaría de Cundinamarca fue un proyecto que tuvo Tomás Cipriano de Mosquera en 1847, como bien relata Juan Ricardo Barragán, coordinador de proyecto Explorando Patrimonios del Museo Nacional.

La idea de Mosquera, un liberal, era crear una penitenciaría para resocializar a los presos, “que no fuera venganza para quien se había equivocado”.

Por eso, tendría una capilla, para que los presos se acercaran a dios; celdas individuales para que hubiera reflexión individual y el proceso de socialización, por medio de talleres para aprender algún oficio.

Foto: Museo Nacional de Colombia- Facebook

Foto: Museo Nacional de Colombia- Facebook

La cárcel comenzó a construirse en 1874 e inició operaciones en 1876 con 207 celdas

Tenía modificaciones respecto a los planos iniciales, pero la ideología del panóptico seguía siendo la misma, hasta 1886 cuando los conservadores llegaron al poder, ” que poco o nada les interesaban la resocialización”, agrega Juan Ricardo.

La cárcel del terror

El panóptico pasó de ser un proyecto resocializador a ser y símbolo de terror, porque allí eran enviados los liberales. La cárcel de 207 celdas individuales alcanzó a tener 5.000 liberales presos, fuera de los otros.

Había celdas que las conocían como la gusanera, porque había tantas personas que parecían gusanos. O la cueva del oso, porque muchos preferían quedarse encerrados.

Uno de los presos más ilustres fue el poeta liberal Adolfo León Gómez. A él lo encerraron en tres ocasiones durante la guerra de los Mil Días y fue el autor del libro ‘Secretos del panóptico’, donde relató los vejámenes que sucedían allí.

“Era una situación traumática sobre todo para los reclusos políticos, porque eran los más maltratados”, relata Juan Ricardo. Hay que tener en cuenta que en este lugar había toda clase de criminales como ladrones, violadores y asesinos, pero los que llevaban del bulto eran los políticos.

Foto: CÍVICO

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En una ocasión hubo una fuga de 40 hombres, Adolfo León Gómez estaba incluido en el plan, pero al final su hermano lo hizo desertar de la idea. Los que se volaron lo hicieron al mejor estilo de Alcatraz, saliendo por el techo.

La mayoría logró huir, uno se cayó en la fuga y luego murió. Un par fueron recapturados, pero los que se quedaron fueron los que sufrieron. “Los trasladaron a la celda de los peores reclusos, los de ‘más calaña'”.

También hay anécdotas graciosas, como la de un señor de apellido Arenas. El tipo consiguió una bata y un sombrero con los que se hizo pasar por médico. “Usted me hace el favor y se cuida de la migraña… ¿cómo va ese dolor de estómago”, con frases de ese tipo le creyeron que era doctor.

Así se fue acercando a la salida y los guardas le preguntaron “¿ya se va doctor?”, “sí, ya terminé por acá”, “ah bueno, que le vaya muy bien” y lo dejaron salir.

El tipo comenzó a caminar por la carrera séptima donde se encontró con otro guarda. “¿Ya lo dejaron salir?…entonces hay que celebrar, venga nos tomamos unos tragos”.

El señor Arenas era alcohólico, recuerda Juan Ricardo, aceptó los tragos en un lugar, a unos metros de la cárcel. Lo pillaron y pues, volvió a la cárcel por borrachín.

Así se “vivía” en el Panóptico

Por ejemplo, la comida era revisada para que no tuviera armas o cartas, pero era hurgada con un palo y ese lo usaban siempre, no lo lavaban.

“Además de la mugre agregada en la portería, donde los carceleros, entre los cuales hubo un leproso, con sus manos no muy limpias o con palos, escarbaban cada plato”, relata en su libro Adolfo León. A cualquiera se le va el apetito solo recreando esa escena. Las moscas se pegaban a los platos y por eso los presos debían comer debajo de sábanas, si no, era imposible luchar con las moscas.

En esa época conservadora se restauró la pena de muerte y la cadena perpetua. Los fusilamientos se hacían en la plaza de armas ubicada en la parte frontal norte del edificio (hoy desaparecida). Aunque en algunos casos, los presos se suicidaban.

Salir al patio no era todos los días, era un premio. Y recuerda Adolfo León en su libro que era tal la emoción de los presos, que cuando salían le daban la espalda al sol para cargarse de calor y energía.

Imagínese esa Bogotá de 1890 y algo, mucho más fría que la actual y recluido en ese edificio, ver el sol era toda una experiencia.

También era una cárcel de niños y mujeres. La de ellas se conocía como la cárcel del divorcio, pero allí también dormían hombres con quienes tenían relaciones, incluso los guardas. Claro, esas relaciones no siempre eran consensuadas.

Jardín Norte. Foto: CÍVICO

Jardín Norte. Foto: CÍVICO

La tortura

Los castigos dolorosos e inhumanos eran el pan de cada día. 

Los castigos sucedían en cuatro cuartos pequeños del primer piso, por el corredor del centro, donde está el salón de orfebrería y los salones a su alrededor eran los calabozos de tortura.

Usaban cepos de torturas, pero no como los medievales europeos, sino que se usaban en las piernas. Al preso acostado le ponían el cepo en los gemelos, muy apretados, y luego lo elevaban.

En otras ocasiones, lo acostaban boca abajo, y una vez con el cepo en las piernas, lo elevaban un poco, dejando parte del cuerpo contra la tabla. “Lloraban de dolor”, narró Adolfo León.

También estaban los castigos, como ‘el botalón’, que era un poste de madera del suelo al techo. Allí eran encadenados, pero las cadenas estaban a una altura fija, entonces si el preso era alto pues el castigo era llevadero, pero si era bajito sufría el doble.

“A una cadena le decían ‘la vaca’, había otro castigo que era ‘el baño’, un estanque de aguas verdes, y a otro poste de cemento le decía ‘la picota’.

También, estaba el poste ‘el mico’, que ese se podía mover y ellos debían cargar. Tal vez por eso salió el dicho de llevar el mico al hombro”, cuenta Juan Ricardo.

Foto: CÍVICO

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El renacer y final del panóptico

Hasta 1930 fue la cárcel del terror en Bogotá, cuando los liberales volvieron al poder y regresó a su idea original.

Fue la “joya carcelera” y tuvo canchas de fútbol, baloncesto, así como teatro, talleres y demás, hasta su cierre cuando se trasladaron los presos a la entonces nueva cárcel La Picota.

La cámara de Luis Gaitán (Lunga), nacido en 1913 en Guateque (Boyacá), registra el momento del traslado de los prisioneros de la Penitenciaría Central de Cundinamarca a la nueva cárcel La Picota el 12 de julio de 1946. Foto: Museo Nacional de Colombia. Facebook

La cámara de Luis Gaitán (Lunga), nacido en 1913 en Guateque (Boyacá), registra el momento del traslado de los prisioneros de la Penitenciaría Central de Cundinamarca a la nueva cárcel La Picota el 12 de julio de 1946. Foto: Museo Nacional de Colombia. Facebook

¿Por qué se acabo? Teorías hay varias, como que ya no daba abasto y porque cuando se construyó quedaba al norte de la ciudad, pero ya en 1946 era parte del centro de Bogotá.

Pensaron en derrumbarlo para hacer un edificio nuevo del Museo Nacional, pero el arquitecto francés Le Corbusier dijo que era el edificio más bonito de Bogotá, y por eso, en parte, decidieron remodelarlo y que ahí mismo operara el museo.

Como es patrimonio, se debe conservar lo más fiel posible a lo que fue y a su razón de ser. Es por eso que hoy se siguen encontrando huellas de su pasado carcelero, como dibujos de presos, celdas, barrotes originales. Incluso, en la parte sur se conserva una de las garitas de vigilancia con mensajes escritos por los guardas.

Si observa, por ejemplo, en la sala de Orfebrería de oro del primer piso, una flor en el techo, hecha por un recluso. En el tercer piso se reproducen dos celdas con objetos de tortura y algunos dibujos.

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Sandra Defelipe
Rola con toda, y parte de CÍVICO hasta el 2015, ahora es colaboradora desde la distancia. Ha pasado por EnterCO y Hangouts de Periodismo. Actualmente recuerda a Bogotá desde Salvador de Bahía, Brasil: ''Paticortica' pero de muchos pasos, me encanta caminar por Bogotá, mejor si está gris y con pinta de llover, rolo que se respete no le gusta el calor.
Publicado
marzo 16, 2017

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