NOTICIA Foto: Andrés Elasmar - CÍVICO.

Carlos López: el profesor de magia de Ciudad Bolívar

Si no fuera por la magia, Carlos López, ‘Mentor’, trabajaría ahora mismo en la oficina de una multinacional de software y tecnología. Desarrollando programas de ocho a cinco de la tarde, se ganaría un sueldazo. Al fin y al cabo esa era su idea del futuro cuando comenzó a estudiar ingeniería de sistemas en la U. de Los Andes, en el año 2000.

Pero, por fortuna para Bogotá, y en especial para un grupo de jóvenes de la localidad de Ciudad Bolívar, este ingeniero de sistemas no sintió ‘magia’ alguna en ese mundo corporativo.

Si bien los que dedican a escribir código todo el día en un computador, como lo hacía él, ‘son unos magos’, Carlos -en ese entonces de pelo largo y arete en la nariz-, decidió seguir la pasión que lo perseguía desde niño.

En un arrebato de locura -o de extrema lucidez-, dejó su empleo en el año 2009 para convertirse en mago profesional, reunir experiencia recorriendo el país y servir a los demás como un Buen Ciudadano.

Hoy en día, Carlos vive en Bogotá y sube todas las semanas a El Paraíso, un barrio esparcido sobre los paisajes semiáridos de los cerros del extremo sur entre Bogotá y Cundinamarca, en Ciudad Bolívar. Allá dicta, como profesor voluntario desde hace cuatro años, una clase de magia a seis jóvenes entre los 14 y los 18 años de edad

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La magia de cambiar vidas

Muy cerca de la cancha sintética de fútbol de El Paraíso, barrio al que se llega en un bus alimentador desde el Portal El Tunal, serpenteando la loma durante 30 minutos, Carlos se reúne los viernes a las 2 de la tarde en la fundación Bella Flor con sus alumnos: Tamara, Edwin, Esteban, Diego, Jefferson y Kevin. Ellos cuentan con su apoyo en un aprendizaje que va más allá de lograr trucos de cartas para sorprender a la gente.

“La magia me ha hecho mejor persona, porque uno aprende a ser más responsable, comprensivo con la demás gente, y a creer en sí mismo, que debe ser lo esencial, dice Jefferson, un joven flaco y de brillantes ojos verdes, amante de la música hip hop de Canserbero, que en la clase más reciente de magia presentó el truco de adivinar las formas y colores de un dado encerrado en una caja azul.

Esteban, por su parte, el más pequeño en altura de la clase, cree que lo mejor de estas lecciones de magia ha sido “aprender a actuar mejor en las situaciones que le toca vivir a uno”Curioso y risueño, es un apasionado por la tecnología y tiene muchos sueños, como hacer levitar a las personas en grandes escenarios, pues “ya no me da miedo pararme frente al público”, dice.

Para Kevin, uno de los más tímidos, y el de menor edad (14 años) su esfuerzo y el del “profe Mentor” -como llama Carlos a su alter ego en los escenarios, o cuando lo invitan a una charla de Ted– han logrado que pueda “socializar un poco más, conocer nuevos lugares y experiencias.

Una de aquellas, quizá la más importante, es el viaje a Nueva York que este grupo de jóvenes aprendices de magia hizo el año pasado, invitados por Magos sin fronteras, fundación de la que Carlos hace parte.

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Diego y Esteban preparan un truco con cartas usando el ‘wow’. Foto: Andrés Elasmar – CÍVICO.

De El Paraíso a la Gran Manzana

Gracias a la labor de la Liga de las sonrisas – la fundación que Carlos fundó en 2011, cuyo lema es “Entretener, educar y empoderar”-, el grupo estuvo en Nueva York en la conferencia Performing The World. Siendo invitados especiales, presentaron frente a multitudes su espectáculo de magia y le contaron su historia al mundo.

Como lo da cuenta ese logro y su otra aventura internacional a Chile, el pasado mes de diciembre, ‘Mentor’ ha logrado incentivar en estos niños la búsqueda de alternativas de vida. Este mago les ha mostrado un mundo más allá de las problemáticas de la zona de asentamientos periféricos y marginales donde viven.

Es allí, sin embargo, en medio de tantos desafíos, donde la gente irradia vitalidad, esperanza y ganas de sobrevivir -como lo muestra el comercio frenético en todas las esquinas de El Paraíso-, que los frutos más importantes de esta labor de Buen Ciudadano se están quedando.

Carlos ha alentado a sus alumnos a crear su propia empresa en el barrio – ‘Por arte de magia’-, con la que ofrecen espectáculos y ganan dinero por su cuenta. Es administrada por Tamara.

También, ha impulsado sus habilidades para “tener una mejor carrera y proyecto de vida”, reconoce Diego, quien en clase narró su experiencia en el ‘Top of the rock’, el mirador de 260 metros de altura del edificio Rockefeller Plaza, en Nueva York.

“Hemos aprendido a que todo es posible y lo podemos hacer realidad”, agrega Edwin, sentado en una mesa de la panadería de su familia, ubicada en la esquina de la misma calle donde está la sede de la fundación. “Demostrar que uno no es más que nadie, que todos somos iguales”, es para él la esencia de lo que ha aprendido estos cuatro años.

Esas lecciones de tolerancia, esperanza y confianza en sí mismos, son invaluables en el escenario de la vida real de estos muchachos, donde los peligros rondan ‘en cada esquina’.

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Bogotá desde El Paraíso: La ciudad de la magia. Foto: Andrés Elasmar – CÍVICO

Ciudad Bolívar

La vista desde el tercer piso de la fundación. Foto: Andrés Elasmar – CÍVICO.

“Este barrio siempre es muy caliente”, dice Jefferson, mientras camina sobre la vía principal hacia el último paradero del SITP, a unos cuantos pasos de un mirador impresionante de la ciudad. En su punto más extremo, Diego, amante de las alturas, señaló a lo lejos su casa, en Usme, “por allá bien arriba” al otro extremo de la montaña.

Aun en estas condiciones, la lucha por los sueños es más fuerte y el “mundo mágico” de Carlos ha demostrado que se pueden lograr. Él es el mejor ejemplo. Desde que sus abuelos lo llevaban a celebrar la Navidad a los inquilinos de una de sus propiedades, donde hizo sus primeros shows de magia cuando era pequeño, supo cuál sería su destino. Seguir sus sueños le permiten ahora vivirlo.

Es tarea de Tamara, Edwin y los demás, ahora, romper con las taras familiares, sociales y personales que todavía son un obstáculo en sus vidas.

Carlos seguirá a su lado hasta que lo logren, pues el mejor código que ha escrito en su vida este ingeniero bogotano de 34 años, no es el de un programa de computador, sino el de los trucos para cambiar la vida de seis niños que, como él, llevarán para siempre el ejemplo de un Buen Ciudadano.

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La clase no termina. Foto: Andrés Elasmar – CÍVICO.

*Carlos y el grupo se presentarán el próximo 25 de Febrero a las 9 a.m en el Hotel Estelar de la calle 93 (ver dirección). ¿Quiere apoyarlos?

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Andrés Elasmar
es periodista y colaborador de CÍVICO para el equipo de Buen Ciudadano. Es @hellasmar en Twitter. Contacto: [email protected]
Publicado
febrero 09, 2017

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