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Doña Ceci: el bar y patrimonio 'chupístico' de los universitarios bogotanos

“¿Se acuerda cuando estábamos donde Doña Ceci?, ¡uy qué tiempos aquellos!”, porque universitario del centro de Bogotá que se respete, ha pasado por ese bar que, aunque parece un pequeño local a simple vista, es el hogar que por más de 20 años ha recibido a jóvenes y turistas.

Por si no lo ubica aún, está a media cuadra de la avenida Jiménez, sobre la carrera cuarta.

Es atendido por la misma Doña Ceci, en compañía de hijos y sobrinos, y es reconocido por la Alcaldía local de La Candelaria como un destino turístico por excelencia. La placa en su entrada, así lo reconoce desde hace unos tres años.

Esa placa, dada por la Alcaldía local de la Candelaria, es el único letrero que indica que ahí es el lugar, algo que ha sido muy bueno para Ceci porque en ese sector “no no dejan poner avisos.

Antes tenía carpa y un letrero grande, pero lo hicieron quitar por “contaminación visual”. Así que “con esa placa nos encuentran”, contó Doña Ceci.

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“Yo llevo más o menos 38 años trabajando en el sector. Comencé en la esquina en una cafetería donde vendía buñuelos, empanadas y esas cosas. Luego me vine más para acá (hacia el sur) a otro local. Fue en ese segundo lugar donde comencé como bar, con venta de cerveza y trago. Después pasé a otro y hace como 20 años estoy en este”, cuenta Doña Ceci.

A pesar de no tener un aviso la gente sabe donde es, y la frase de “nos vemos donde Ceci“, es muy habitual entre la gente de la zona.

La gente la conoce, la aprecia y le hacen caso, porque Doña Ceci es la patrona. Con su aspecto tan amable y la atención que brinda, se hace coger cariño y es como una figura materna para muchos.

“Cuando uno ve que ya están como tomados les digo “‘no más, no más, váyanse para la casa’, y ellos hacen caso”.

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Aunque es un lugar para beber, Doña Ceci dice que borracheras malucas no se ven. A veces son las niñas las que se prenden un poco más, pero nada lamentable.

Es un sitio para charlar una pola y compartir entre amigos. Las rocolas también son protagonistas y mesa a mesa van poniendo su selección musical.

Cuando alguien se pone ‘tremendo tema’ la gente se anima, y después de unas cuantas ‘polas’ resulta uno haciendo amigos con los de la mesa de al lado.

Aquí aplica eso de que la pinta es lo de menos. No es un sitio presuntuoso, es sencillo pero su valor está precisamente en Doña Ceci, su servicio, y la gente. El ‘parche’ siempre es agradable. “La gente que viene es muy chévere, muy educada y cariñosa”.

El cariño que genera Doña Ceci ha tenido sus recompensas. A ella le llevan regalos porque a la gente le nace.

Le han llevado flores, chocolates, llaveros y cositas por el estilo, que ella recibe con mucha alegría. “Hay un muchacho que cuando va a España siempre me trae algo. Él era universitario, terminó su carrera,  se va de trabajo y cuando vuelve siempre me trae algo”.

Los extranjeros que aman Bogotá también pasan por ahí. Es que en pleno corazón de La Candelaria, la zona turística por excelencia, el que no vaya a donde Doña Ceci, sencillamente no estuvo en Bogotá.

“A mi ya me conocen en Francia, Alemania, Escuador, Israel y muchos países”, dijo orgullosa.

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El bar de Doña Ceci se ha tenido que ir transformando y ampliando. Los que han dejado ir por mucho tiempo se sorprenden cuando regresan y encuentran un nuevo espacio. (Como en mi caso, no conocía el segundo piso).

Primero, “fue el pedacito del primer piso y luego el sótano, que siempre existió, pero era la bodega de cerveza, adecuada para poder atender a la gente”. Esa zona puede pasar desapercibida para muchos, porque la escalera no se nota mucho.

“Luego, la parte de atrás y de arriba se tomó en arriendo, porque eso es una persona diferente. Nos tocó ampliarla porque la gente ya no cabía y eso era muy terrible”.

Esas partes que menciona Doña Ceci quedan a mano derecha, y se nota que era otra casa. Las paredes son blancas y el ambiente es muy diferente al general.

En ese lado queda el segundo piso, también lleno de mesas para que todo el que quiera pase “al fondo a la derecha”.

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El éxito de este lugar se debe en gran medida a la constancia de Doña Ceci y su familia, ya que, como bien dice ella, por la zona hay muchos bares pero se quedan un tiempo y luego se van “porque, aunque no parezca, un arriendo en este sector es muy caro”.

Al final,  la gente se amaña por la atención, el espacio, y esa sensación que envuelve el lugar. Uno siente que está como en casa.

Y pues Doña Ceci es muy tranquila, ella sabe cómo es la gente y no exige ‘cover’ o consumo mínimo. Su valor agregado, como ya se ha mencionado, es la atención.

“La gente cree que uno vende mucho, pero no siempre. A veces entran cinco o seis a tomarse una sola cerveza”, dice entre risas.

Si no ha ido a donde Doña Ceci, vaya, realmente es un sitio que vale la pena. Abre de lunes a domingo, desde el mediodía y hasta las 2:30 de la madrugada.

Aunque es ideal (en mi caso) para tomarse un par de cervezas bien charladitas, también están los que se quedan hasta el cierre. En todo caso, la despedida siempre es similar.

“Muchas gracias Doña Ceci, nos vemos luego”, porque uno siempre regresa.

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Sandra Defelipe
Rola con toda, y parte de CÍVICO hasta el 2015, ahora es colaboradora desde la distancia. Ha pasado por EnterCO y Hangouts de Periodismo. Actualmente recuerda a Bogotá desde Salvador de Bahía, Brasil: ''Paticortica' pero de muchos pasos, me encanta caminar por Bogotá, mejor si está gris y con pinta de llover, rolo que se respete no le gusta el calor.
Publicado
febrero 04, 2017