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NOTICIA Foto: cortesía José Alberto Gutiérrez.

La fuerza de las palabras: la biblioteca que nació de la basura

No hay contradicción alguna en que el nombre de la biblioteca comunitaria del barrio La Nueva Gloria (San Cristóbal), donde unos 30 mil libros reposan hoy almacenados, esté inspirado en un pasaje tomado de uno solo: La Biblia.

A pesar de llevar una vida rodeada de literatura, comenzando con los relatos fantásticos que le leía su madre, hasta sus obras favoritas como La Odisea de Homero o El padre Sergio de Tolstoy, José Alberto Gutiérrez, su fundador, es un hombre aferrado a lo religioso y tradicional. Su alter ego de “El señor de los libros”, sin embargo, irradia la curiosidad de un niño que no conoce dogmas, y su vocación, desde hace 18 años, es la de bibliotecario voluntario.

Junto a su esposa Luz Mary, decidió ceder, en el año 2000, unos cuantos metros cuadrados de su vivienda a la educación de varias generaciones de niños y jóvenes del barrio. La pareja desocupó un piso entero de su casa y llamó “La fuerza de las palabras” al espacio de lectura, rodeado de estantes, que donaron allí a la comunidad.

El nombre surgió, cuenta José, para rendir tributo a la “advertencia bíblica” sobre el poder que tienen las palabras tanto para bendecirnos como para crucificarnos. No obstante, como Prometeos que desafían a los dioses de la ignorancia, él y su esposa -quizá sin intención- le cerraron la puerta al maniqueísmo con la llave de libertad que solo da la lectura. Y esa llave se la encontraron en la basura.

Así es. La fuerza de las palabras es una biblioteca macondiana: máquina de la memoria familiar y comunitaria de los Gutiérrez y el barrio La Nueva Gloria, ha sido dotada durante años con libros recogidos entre la basura de los bogotanos.

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Foto: cortesía José Alberto Gutiérrez.

Foto: cortesía José Alberto Gutiérrez.

En busca del libro perdido

Como poseído por el espíritu de Melquíades o el sabio catalán de Cien años de soledad, José lleva 18 años llenando los espacios de la biblioteca con obras universales abandonadas por sus dueños.

Gracias al desapego de algún lector que transformó los relatos de Julio Verne en un ‘viaje al shut de basura’, o a un bogotano que, como en ‘Farenheit 451’, tuvo que abandonar a su suerte sus libros más queridos, La fuerza de las palabras sigue creciendo en títulos todos los días.

Manejando un camión recolector de basura durante los últimos 25 años, José ha encontrado joyas literarias botadas en los contenedores de deshechos de barrios como Bolivia Real (occidente de Bogotá) y otros en el sur y el norte de la ciudad. Por su voluntad, en vez de irse a pudrir en Doña Juana, estos han terminado en manos de cientos de niños y jóvenes brillantes de La Nueva Gloria, punto de peregrinación de curiosos, periodistas, e investigadores que suben por sus calles empinadas con la intención de hablar con el “Señor de los libros”, en la carrera 8A con calle 47A sur.

El Corán es el libro que más recuerda cuando aquellos visitantes le preguntan por la obra más llamativa de su colección de miles de libros recogidos en la calle. El sello de la Embajada de Irán en Colombia, puesto por algún funcionario en el prólogo, es lo que le llama la atención de ese texto religioso.

A los que hablamos con él hace poco, también nos cuenta que la biblioteca La fuerza de las palabras, hoy convertida en una fundación, ha dejado de ser un espacio abierto al público. Los 30 mil libros que reposan allí, solo se pueden consultar para préstamo externo. El trasteo de su sede a un lote más grande es inminente.

“Ahorita las personas que vienen a la biblioteca pueden ir y golpean, pero solo hay préstamos de libros, aunque a veces regalamos uno que otro a alguien que en serio quiera leer”, explica José. “No estamos haciendo talleres porque no nos queda espacio y la casa se volvió bodega de libros.”

Algunos de ellos, además, han sido donados por la fundación a diferentes bibliotecas rurales del país. Seis toneladas de libros ya han llegado a organizaciones de lectura en La Macarena, Meta, otros a manos de excombatientes en zonas veredales, y muchos más a escuelas del Chocó.

“Los libros son una gran oportunidad para un país que está comenzando el proceso de dejar la guerra, con un atraso de unos 200 años. En Colombia no se lee, pero los jóvenes se motivan en las partes rurales. Por eso he decidido ir allá (a las zonas rurales) pues hay muchas organizaciones, pero faltan muchos libros”.

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Foto: cortesía José Alberto Gutiérrez.

Foto: cortesía José Alberto Gutiérrez.

Para continuar en esta labor, José dejará la casa donde ha estado por muchos años y convertirá su biblioteca en un centro cultural para niños y grandes. Tendrá “hospital de libros”, fábrica de bibliotecas, taller de diseño y reciclaje, y apartaestudios para las personas que la visiten para hacer voluntariado. Esta nueva sede quedará en Ciudad Londres (calle 70 sur, San Cristóbal), en un terreno de 300 metros cuadrados, otorgado a los Gutiérrez por la Fundación Familia.

Comienza entonces un nuevo capítulo, tal vez el más importante de una novela de vida atravesada por las palabras y los sueños, algunos inconclusos, y otros hecho realidad.

“Todo esto lo hice solo con segundo de primaria y desde niño he tenido frustración, pues me perdí de muchas cosas y me tocó trabajar. No quiero que esa frustración le pase a mis niños, entonces siempre estoy promoviendo la educación, y a ellos hay que darles una oportunidad”, dice José.

Palabras de esperanza como esas, las ha pronunciado hasta en Guadalajara, México, donde fue invitado a la feria del libro en el año 2010.

“Las armas que tenemos son los libros”, asegura también con determinación, rechazando las confrontaciones sin ideas, o claro, sin letras, como las que quiere escribir en un libro de su propia autoría cuando se pensione.

Por ahora, con su cartón de bachiller recién graduado en mano, José se sigue preparando para el día a día por medio de la lectura. Luego de terminar ‘La franja amarilla’ de William Ospina, está devorando la biografía del político soviético más mexicano de todos: León Trotsky.

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Foto: cortesía José Alberto Gutiérrez.

José en Guadalajara. Foto: cortesía.

Palabras más, palabras menos

Aún con el trasteo inminente de La fuerza de las palabras, muchos habitantes de La Nueva Gloria, contagiados por la pasión de la lectura, jamás olvidarán a don José o a la antigua sede de la biblioteca, donde se leyeron desde niños El caballero de la armadura oxidada o El Principito, “los que más vienen a buscar”, asegura su dueño.

Allí, en el primer piso de su casa, ellos construyeron narrativas positivas en medio de las adversidades y los relatos de barrio, aprendidos en carne y hueso, o encontrados en las páginas de libros como Esta ciudad que no me quiere de Marta Ruiz, donde no hay atenuantes para la pobreza o para la ausencia de padres y madres.

José, como si fuera el narrador de una moraleja, propone una utopía para solucionar esa tragedia: “Uno no necesita uno grandes vestidos, ni plata, ni ser famoso. Necesitamos dejar el orgullo y la vanidad y enfrentarnos a querer y servir a la humanidad, porque estamos muy desolados y el hombre está sufriendo, y está sufriendo una transformación, y nos necesitamos unos a otros”.

La fuerza de las palabras, es, sin duda, un vehículo para intentarlo. Esta biblioteca, sea donde sea que esté, es y será un ejemplo del poder de los libros en la formación de las personas, así como un símbolo de la capacidad de entrega que tienen los buenos ciudadanos como José en sus comunidades.

Desde las lecturas nocturnas que le daba su madre, pasando por el primer “robo literario” que cometió (tomó ‘prestado’ el libro ‘Psicoanálisis del existencialismo’ de un lector desprevenido), hasta su grado de bachiller hace unos pocos días, los libros han acompañado su camino. Él ha querido que, con La fuerza de las palabras, otros vivan esas mismas experiencias enriquecedoras.

Es que hasta sus culpas las ha pagado con libros. “A mí me han hecho varios robos literarios, reconoce. “Le di la oportunidad a un amigo de leer una colección de lujo de Julio Verne y este nunca se la regresó. Fue como si se me hubiera muerto alguien”. Si el karma existe, dice, con eso pagó sus propios ‘préstamos’ no devueltos.

Le deseamos entonces el mejor karma al Señor de los libros en este nuevo camino que comienza para La fuerza de las palabras. Ojalá siga regalándonos muchas más historias que contar.“Igual seguimos tocando puertas y buscando recursos”, dice.

Transformada con el tiempo en un refugio gratuito para los habitantes de La Nueva Gloria, la biblioteca es hoy un proyecto comunitario sin fronteras, que se ha presentado en ferias del libro del continente y ha sido protagonista de incontables reportajes, crónicas e historias.

Conozca más de la biblioteca La fuerza de las palabras

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Andrés Elasmar
es periodista y colaborador de CÍVICO para el equipo de Buen Ciudadano. Es @hellasmar en Twitter. Contacto: [email protected]
Publicado
julio 28, 2017

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