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NOTICIA Foto: Francisco Valdés - CÍVICO

Santiago ¿ciudad solo para jóvenes?

Indiferencia o exclusión son los sentimientos que tienen miles de ancianos en la capital respecto al trato que reciben. Sienten que tras las primeras canas la ciudad (ciudadanos) los abandona, relega e invita a hibernar para darle ese espacio a las nuevas generaciones.

Foto: Francisco Valdés - CÍVICO

Foto: Francisco Valdés – CÍVICO

Enero de 2015. Metro de Santiago. Soledad de 69 años, que normalmente no toma metro, siente, sin provocación alguna, un violento palmetazo en la espalda. “Alguien me pegó un golpe seco, de esos que queman”. Acto seguido el agresor, un hombre de cerca los 40 años, le dice “¿Baja, abuelita?”, y él se baja. Luego de esto, y antes de que se cerrara la puerta, ella le devuelve el golpe mientras le dice: “no soy tu abuelita”.

Soledad hace 5 años que es parte de los más de dos millones 800 mil adultos mayores que hay en el país, según estimaciones del Ministerio de Desarrollo Social. De la misma forma no se siente como uno de los suyos: “los demás son arranados y salen poco. Yo salgo cada vez que puedo a talleres y cursos”. Además, –dice– Santiago no está equipado para la tercera edad: critica las veredas y que aún no respetan a los mayores en el metro aunque tengan asientos preferenciales. ¿Lo bueno?: “pagamos tarifa escolar”, sentencia.

Mismas críticas realiza la directora del Servicio del Adulto Mayor, Rayén Inglés, quien puntualiza que la ciudad de Santiago, y Chile en general, no están diseñados para el desplazamiento de la tercera edad: “Santiago es un culto a la juventud”.

Actualmente el objetivo es llegar a ser una “ciudad amigable”, al igual que lo es solo una en Chile: Victoria, en la región de la Araucanía. Ahí –y es lo que se busca– construyeron cada ciertos metros bancas para que los adultos mayores puedan descansar. Otra de las exigencias para que exista una “ciudad amigable” para el adulto mayor es que los edificios sean construidos pensando en ellos: con accesos de sillas de ruedas y pasamanos en escaleras y baños. No significa que las casas sean adecuadas, sino que son viviendas habilitadas desde su construcción.

Las estadísticas demuestran que son ellos quienes saben cuáles son los problemas de la ciudad, esto porque, según el estudio “Chile y sus mayores” realizado en 2013, los hombres y mujeres sobre los 65 años califican con nota 4,0 los accesos para adultos mayores en el transporte público, seguido de un 4,4 al estado de las veredas. No reprueban, pero tienen nota deficiente.

Conocido es el lento desplazamiento que tienen los ‘lolosaurios’ capitalinos. Por eso, los semáforos son un tema para ellos: en la encuesta recién citada calificaron con nota 4,8 el tiempo que estos les dan para cruzar. Este ítem fue subsanado en diciembre, cuando 400 semáforos fueron reprogramados para durar 6 segundos más en promedio.

Por su parte el Ministerio de Desarrollo Social publicó en marzo de este año la Encuesta CASEN Adulto Mayor, la cual confirma la tendencia de envejecimiento de la población: Por ejemplo, informó que en la Región de los Ríos hay 99,4 adultos de 60 años o más por cada 100 niños menores de 15 años, transformándose en la zona del país con mayor índice de envejecimiento. En la vereda opuesta está Antofagasta, con 44,9 por cada 100 niños.

La directora de Senama dice entender que sea Antofagasta la que concentra la menor cantidad de adultos mayores porque es la región más cara del país y eso les hace imposible quedarse a vivir ahí.

Integración

Según el estudio de “Chile y sus mayores”, el 25% se siente “excluido o dejado de lado”. A la vez, un 40% siente “que le falta compañía”, cifra que aumenta en los grupos de menor nivel educativo. Esta es una idea transversal entre hombres y mujeres.

Ante la innegable realidad, Inglés pide que como sociedad entendamos que una persona mayor de 65 no está muerta y esos años no significan el fin: “Se piensa que la vejez es descansar, pero se descubre que es una etapa en que somos nosotros, pero con más años, y aún tienes ganas de salir y compartir con otros. Las ganas de vivir no se quitan”.

Ganas que Nelly Carvajal (65), encargada del aseo en una oficina de pago para adultos mayores, espera que nunca se le acaben. Siendo madre, abuela, bisabuela y divorciada afirma que teme dejar de trabajar y “sentirme poco valora y que me dé depresión”.

Lo único que le molesta de la sociedad es que personas que no la conocen le digan “abuelita”. “No porque sea vieja soy abuela de todos”, sentencia.

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Gonzalo Haristoy
Soy periodista de CÍVICO Santiago desde marzo de 2015. Me gustan los osos y que me paguen por escribir. No colecciono nada. Soy donante, cáncer, Juanherrerista, leo diarios ajenos en el metro y tripofóbico, esto último lo descubrí por casualidad el verano de 2011. De la izquierda y otras delicias. Lo comi'o y lo baila'o, de aquí en más, a vuestro servicio.
Publicado
mayo 15, 2015